Luciano no quería trabajar para la policía bonaerense, le pedían que robe para ellos, y eso le costó caro. Comenzaron luciano-arruga-fotoa hostigarlo, a detenerlo sistemáticamente, lo torturaban y lo amenazaban; querían quebrar su voluntad.

Cuando desapareció, su familia presentó un habeas corpus que fue rechazado, la “investigación” policial, la judicial y la intervención de los funcionarios de las distintas área del Estado han sido denunciadas. Eliminaron las pruebas, tuvieron desidia en la causa judicial y las autoridades no quisieron asumir la responsabilidad política de investigar el accionar de la Policía Bonaerense, la misma en la que se debe confiar para brindarle seguridad a casi la mitad del país. Durante todos estos años gobernaron los mismos.

Luciano era varón, joven y pobre. Las mismas características de casi el 80% de las personas encarceladas en nuestro país. No quiso terminar ahí.

La seguridad se construye con policías que no la causen y con gobernantes que no encubran a los que delinquen. La seguridad también se construye brindando oportunidades a quienes no las tienen, herramientas que les permitan elegir con libertad de que manera quieren vivir su vida. Luciano no tuvo esa oportunidad y muchísimos pibes de nuestro país tampoco la están teniendo hoy.

El Estado es cómplice de la muerte, del paso del tiempo sin verdad y de la impunidad que aún perdura.

Un nuevo habeas corpus presentado por la familia, la APDH La Matanza y el CELS por desaparición forzosa, hizo que intervenga el juzgado federal de la jurisdicción a cargo de Juan Pablo Salas; con ello se reabrió la posibilidad de saber la verdad y alcanzar la justicia

Luciano Arruga nos demuestra las diferencias que hace un Estado engalanado de hipocresía, para el que no todas las vidas valen lo mismo, el que anuncia pomposamente la consagración de derechos que no protege, que selectivamente violenta condicionando la creación de falsas identidades y en ocasiones provocando la muerte a quienes debería protegerles la vida.

El futuro puede ser distinto si somos capaces de ponernos de acuerdo, sabiendo con quienes hacerlo porque no sería posible resolver los problemas con quienes los causan. Consagrar una verdadera política de seguridad democrática implica asumir compromisos que trasciendan metas coyunturales, dejar de lado mezquindades; pero también terminar con las complicidades y acabar con la impunidad.

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