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Por Leandro Halperin

 “Hasta el 10 de diciembre del año pasado las fuerzas de seguridad, entre las que incluyo el Servicio Penitenciario, se autogobernaban. Esto se terminó”
María Eugenia Vidal
 

En las cárceles argentinas es muy común que los nuevos habitantes sean recibidos con una “bienvenida” que consiste en la aplicación de golpes de puños y patadas que suelen ser acompañados por una variada gama de insultos; todo esto es realizado por empleados estatales (que financiamos todos) agrupados en una organización llamada Servicio Penitenciario que tiene como misión, velar en contextos de encierro, por el cumplimiento de la ley en vez de violarla.

La aplicación de estos hechos de tortura y otros tratos crueles, inhumanos y degradantes es sistemática y estructural en el sistema penitenciario argentino. Los administradores de la penitencia buscan la rápida comprensión por parte del detenido sobre las reglas que imperan en su nuevo alojamiento. De esta forma son anoticiados que lo que en el medio libre se llama derech14611081_10211247504491750_1945645748548743022_nos, en la prisión se convierten en privilegios, y que su acceso queda reservado para aquellos que acepten que la regla es la inexistencia de la ley. Todo esto agravado por la presencia permanente del Estado que en ocasiones se convierte en victimario y agrava las causas que llevaron a muchos a la prisión, a la vez que favorece la reincidencia en el delito con su mal actuar. Más

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