El tiempo observaba mi quietud. El sol, cansado de su larga jornada, se había retirado para dejarle su lugar a la oscura noche que gobernaría el resto del camino.
El conductor y el acompañante de la vieja camioneta gris, tan gris como la ropa que vestían, parecían disfrutar del silencio que me aterraba y que sólo interrumpían cada vez que el mate anunciaba la falta de agua.
El pasado dejaba su lugar a un futuro que no quería alcanzar, me aferraba a los días y las noches que iban quedando atrás. Los recuerdos peleaban con la imaginación de lo que vendrá disputando el lugar de mi pensar en una lucha desigual, aquello que me daba placer entregaba al miedo su lugar.
El acceso al camino de tierra interrumpió la llegada de las lágrimas y anunciaba el punto final de un viaje que ojalá no hubiera empezado jamás.
La camioneta se detuvo para rápidamente volver a andar, dejando atrás al sonido de una puerta que se abría y se volvía a cerrar.
El motor dejó de sonar.
-”Llegamos pibe, bienvenido al penal de Marcos Paz”